Una mujer del sur de Londres, a la que el investigador húngaro protegió con un apellido falso en sus reportes, aseguraba que algo en su casa no solo tiraba objetos y golpeaba paredes, sino que la depredaba: sentía un peso que la dejaba sin fuerzas y le aparecían marcas de dentadura en la piel sin explicación. Mientras otros investigadores buscaban un íncubo o un vampiro literal, él la sentó a platicar y sacó a la luz una agresión sexual que ella había bloqueado de joven. Su lectura fue que las mordidas eran psicosomáticas y el monstruo vivía en la memoria, no en la casa. Conforme ella trabajó el recuerdo en sesiones, el fenómeno se apagó.