Mientras el pueblo hervía por lo del disco volador, el encargado de embalsamar en la funeraria local recibió llamadas desde la base militar. Primero le preguntaron si tenía ataúdes de tamaño infantil. Al colgar volvió a sonar el teléfono para consultarle cómo se conserva un cuerpo que ya lleva rato expuesto al sol del desierto. También pidieron hielo seco a la lechería del pueblo. Cuando el director ofreció ir a la base a ayudar, le dijeron que no hacía falta, que era pura curiosidad.