Sobre un arroyo del valle hay unas puertas metálicas que los agentes tenían que abrir y cerrar a mano, y entre ellos corría la fama de que estaban embrujadas: casi todos reportaban la sensación de ser observados al bajarse. Un supervisor que ni conocía las historias caminó tranquilo hasta el candado y se topó con una niña de blanco sin rostro; huyó corriendo, chocó la patrulla, destrozó el equipo de visión nocturna y renunció tres días después. Otro agente contó que al llegar a la misma reja vio el cuerpo de una niña con camisón flotando boca abajo en el arroyo, y cuando tomó la radio para pedir apoyo el cuerpo ya no estaba: la niña estaba parada frente a él, mirándolo.