ARCHIVO ABIERTO · SIN VEREDICTO
EXPEDIENTES
El archivo completo de lo registrado: cada caso con su fecha, tipo de fenómeno y las voces que lo confirman o lo desmienten. Toca un expediente para abrirlo en el mapa.
Tres años antes del episodio del cabo, en el mismo pueblo altiplánico, se reportó otro caso de supuesto rapto: un niño de origen boliviano que vivía en la escuela del lugar. El investigador lo incluye en dos de sus libros como antecedente de que la zona ya tenía casuística de encuentros cercanos antes y después del avistamiento militar de 1977.
Un hombre de treinta y nueve años y su hijo de doce estaban estacionados en un sector entonces poco poblado de la precordillera de Santiago cuando se les acercó un objeto que describieron con forma de huevo achatado. Según su relato el vehículo fue alzado con ellos dentro; al niño lo dejaron adormecido en un espacio parecido a un armario mientras al padre le hablaban unas masas de luz sin forma humana que le anticiparon una muerte importante. El investigador que revisó el caso sospechaba invención porque el padre corrió al diario a contarlo dos días después, pero el hijo, ya adulto, le confirmó que ocurrió tal cual.
Durante una guardia nocturna en el altiplano de Arica, un cabo del ejército chileno y siete conscriptos vieron descender dos objetos luminosos, ovalados, silenciosos y con puntos rojos en los extremos. El cabo se apartó del grupo para acercarse y se perdió de vista un cuarto de hora; al reaparecer traía la barba crecida de varios días, el reloj corrido cinco fechas y hablaba sin coherencia. Décadas después siete de los ocho testigos sostenían la misma versión y solo el protagonista la modificó, atribuyendo el episodio a algo maligno desde su conversión religiosa. El ejército mandó a evaluarlo psiquiátricamente y concluyó que fue una alucinación; el sitio no era una patrulla, sino unas caballerizas militares que se ocultaron de la prensa.
Al atardecer del 5 de noviembre de 1975, una cuadrilla de siete leñadores regresaba en camioneta a Snowflake cuando vio una luz intensa entre los árboles. Al acercarse encontraron un objeto discoidal metálico de unos seis metros de diámetro flotando en silencio sobre el suelo; uno de los trabajadores se bajó a verlo de cerca y, según sus compañeros, un haz luminoso lo levantó y lo lanzó por el aire. Sus compañeros huyeron y el hombre desapareció cinco días, mientras la policía lo buscaba con helicópteros y llegaba a sospechar que sus amigos lo habían asesinado. Reapareció de madrugada a la orilla de la carretera cerca de Heber y describió haber despertado sobre una mesa dentro de la nave, rodeado de tres seres bajos de cráneo grande y ojos enormes, además de humanoides altos con casco que lo condujeron a otra nave mayor antes de sedarlo con una mascarilla.
En la madrugada del 25 de abril de 1977, una patrulla de siete conscriptos del ejército chileno montaba guardia en un cerro del altiplano cuando vieron descender dos luces silenciosas que se quedaron suspendidas frente a ellos por cerca de una hora. El cabo a cargo, Armando Valdés, se adelantó unos pocos metros hacia el resplandor y sus subordinados dejaron de verlo; reapareció quince minutos después en el mismo punto, dijo una sola palabra y se desvaneció. Al atenderlo notaron que traía barba de varios días y que su reloj estaba detenido, con el calendario adelantado cinco días. Décadas más tarde, ya convertido al evangelismo, Valdés se retractó y aseguró que solo se había apartado a orinar y que fingió el desmayo, versión que choca con lo que declararon sus compañeros.
El mismo contactado suizo aseguraba que, siendo un niño de pocos años, mientras jugaba en el jardín de su casa aterrizó frente a él un aparato con forma de pera. De él bajó un anciano que dijo llamarse Sfath, la misma voz que ya escuchaba dentro de su cabeza, y lo invitó a subir. Cuenta que pasó varias horas en el aire recibiendo instrucción y conocimientos que se le prohibió repetir, y que después lo dejaron exactamente donde lo habían recogido. Es el episodio que él presentaba como su reclutamiento para una misión.
Una noche de enero de 1967, una ama de casa profundamente religiosa estaba lavando trastes mientras sus siete hijos y sus padres pasaban la noche en la sala. Las luces de la casa fallaron y una claridad rosada entró por la ventana: varias figuras grisáceas de cabeza grande cruzaron la puerta cerrada como si la madera no existiera y dejaron a toda la familia congelada en su lugar. Ella los interpretó como enviados divinos, les ofreció comida y terminó siguiéndolos a una nave donde, según recordó una década después bajo hipnosis, la sometieron a un examen físico invasivo y la llevaron por túneles a un paisaje subterráneo con ciudades de cristal y un pájaro enorme que ardía y renacía de sus cenizas. Antes de regresarla le dijeron que olvidaría todo hasta que llegara el momento; los recuerdos volvieron por años en fragmentos y sueños.